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“Cría cuervos y te sacarán los ojos”: el niño tirano

Fecha de publicación: 10-11-2011

Quizá hayamos visto a criaturas que sin levantar tres palmos del suelo, pegan e insultan a sus madres que sonríen complacidas: “eso no se hace,..diablillo”.

Los cambios sociales (y de valores) junto con el aumento de las tensiones familiares y la desorientación de los padres en materia educativa, están facilitando la aparición de una nueva figura: los “pequeños tiranos”.

Niños que imponen su propia ley en el hogar, alterando los roles de autoridad (con el consentimiento de los “adultos” responsables) y chantajeando a todo aquel que intenta frenarlos.

Son desobedientes, desafiantes, mentirosos, acaparan la atención con su comportamiento indeseable y no aceptan la frustración, ni la norma. Por ello no es de extrañar que se conviertan en adolescentes violentos y que puedan acabar delinquiendo.

¿Qué hay en la raíz de esta conducta?

Los especialistas coinciden: “la falta de criterio para educar y la poca autoridad de los padres”. Ejercer de padre-madre no es fácil. Es habitual que los padres hagan lo posible para evitar que sus hijos padezcan incomodidades o sufran.

Esto se ve acrecentado cuando los niños han sido logrados tras mucho esfuerzo y espera (únicos, adoptados, tras tratamiento de infertilidad, etc) o los padres entienden la disciplina como un sufrimiento evitable en lugar de una necesidad y un deber. Por ello, piensan que es mejor dejar al niño hacer lo que quiera sin contrariarle, creyendo (erróneamente) que por si solo aprenderá a autorregularse.

El problema es que sin límites y disciplina (que no es maltrato, sino todo lo contrario), los niños acabarán sufriendo graves consecuencias y amargando la vida a los demás. Porque un niño tirano no nace, se hace y además no es feliz.

Los estilos parentales que favorecen su aparición son: Padres muy protectores que impiden que su hijo aprenda haciéndose cargo de sus errores. Que claudican inmediatamente ante sus peticiones y caprichos ya que son incapaces de ver a su hijo “sufrir”. Que se adelantan a sus deseos y le consienten todo. Que tienen diferencias de criterio, discutiendo delante del niño, cosa que éste aprovecha en su favor:

Es decir: el niño crece creyendo que hacer lo que se le pone en las ganas es lo normal y que todo se le debe.

Cómo reconocer a un niño tirano

Es caprichoso e insaciable. Una vez conseguido lo que quiere vuelve a querer otra cosa. Es egocéntrico y egoísta: Siempre está exigiendo sus derechos sin importarle los de los demás (y sin conciencia de sus deberes). Tiene baja tolerancia a la frustración manifestado en rabietas, insultos, amenazas o violencia.

Suele carecer de habilidades para resolver problemas o afrontar experiencias negativas. No ha aprendido cómo hacerlo de manera prosocial. Hace que los padres se sientan culpables mediante comparaciones con otros niños y quejas de no ser querido si no le dan lo que quiere (hay que señalar que esto es más problema de los padres que del niño).

Además, no tiene empatía (ser capaz de ponerse en el lugar del otro), ni una adecuada moralidad. Por ello, no suelen sentir culpa o remordimiento por sus actos. Piensan que son el centro del universo y los demás están para servirlos. Evidentemente no se aguantan ni ellos mismos.

Cómo evitar caer en esto

Lo ideal es prevenir poniendo límites desde pequeños. Como dice JL Marín: “Si lo limites no están puestos a los 18 meses, a los 18 años te los pone la policía”. La crianza debe hacerse siempre fomentando el cariño y respeto mutuos.

Durante los 6 primeros meses de vida hay que atender las necesidades de consuelo y alimento del bebé con premura y afecto. A partir de esta edad, el amor se actúa enseñándoles a comer y a dormir según un horario (normas) y a poder disfrutar un mínimo tiempo solo.

Al año de edad: Es aconsejable empezar a marcar algunas reglas para que las vaya interiorizando (baño, dormir, comida, respeto, prevención de accidentes, etc). También con la edad, hay que irles enseñando a: controlar sus impulsos, demorar la gratificación y expresarse de forma respetuosa.

Para ello hay que establecer normas claras que regulen la convivencia familiar y explicárselas en función del desarrollo. No hay que sobreproteger (que es distinto de ser negligente). Es mejor otorgar responsabilidades y consecuencias adecuadas a la edad y capacidad. Cuando experimentamos los resultados negativos de nuestros actos, aprendemos. Y siempre se aprende más en carne propia que en cabeza ajena.

En todo esto, la coordinación entre los padres es fundamental manteniendo una estructura familiar jerárquica, con los roles de adulto adecuados. Aunque a los niños se les permita opinar, se les tenga en cuenta (según la edad) y se les quiera mucho, los que mandan son los padres. Y son los padres los que tienen el deber de educar a sus hijos para enseñarles a vivir en sociedad y poder desarrollar su potencial. Para ello, hay que decirles con mucho afecto “si” y también “no”. Ambos ayudan a crecer.

Fecha de publicación: 10-11-2011
Autor/es:
  • Sara García Ruiz. MIR de Pediatría. Hospital “Niño Jesús”. Madrid
  • Concepción Bonet de Luna. Pediatra. Centro de Salud “Segre”. Madrid